La receta se inspira en la
crostata italiana tradicional, la de casa, sencilla y funcional, pensada para aprovechar la fruta de temporada sin complicaciones. Es una crostata
poco dulce, hecha así de forma consciente. He reducido el azúcar para que el sabor de la frambuesa sea el protagonista y no quede tapado por el dulzor.
El relleno queda ligeramente cuajado, más cercano a la fruta cocida que a una mermelada, y por eso funciona igual de bien para el desayuno que para acompañar un café.
Como ocurre con muchos dulces caseros, mejora tras unas horas de reposo, cuando los sabores se asientan y la textura se estabiliza.